La idea original cuando supe el itinerario para Suchitoto era escribir sobre colores.

Sobre el tinte que mi abuela guardaba en un cajón del ropero, envuelto en papel de china y bolsitas de plástico para que el blanco de las sábanas no cediera al amarillo del tiempo. O sobre las manos de las mujeres de Chiapas que vi una vez, en uno de mis primeros viajes con Sabores de México y el Mundo, sacar madejas humeantes de una tina y colgarlas a orear para que el color terminara de amarrar antes de transformarlas con el telar de cintura. Podría contarles de los colores y plantas que desde Oaxaca a Chalatenango pasan sin enseñar pasaporte, porque nuestros colores han pintado el mundo desde mucho antes de que los Estados inventaran las fronteras. De eso iba a escribir. Al menos era la idea original.

Pero, como dijera Lao-Tse, filósofo chino que siempre es bueno leer, “Un buen viajero no tiene planes fijos y no se obsesiona con llegar”. Así que no sorprende corregir el guión. Menos cuando uno viaja por El Salvador, un país en donde la metáfora pasa por teñirse de rojo y la manera en que se recupera el color verdadero.

El camino que pasa por la memoria.

Salimos de Suchitoto rumbo a Aguilares y El Paisnal, y el guía fue desenrollando el país como quien lee un pedazo de tela al revés, como dicen: buscando el nudo donde empezó a torcerse el hilo. Y el nudo tiene fecha: 1932.

Antes hubo café. A mediados del siglo XIX, cuando el grano se volvió oro, El Salvador reorganizó su geografía y su alma en torno a él. Las leyes de extinción de tierras comunales e indígenas de 1881 y 1882 despojaron a los pueblos de lo que había sido suyo para entregárselo a quien pudiera sembrar cafetos. El despojo se hizo estructura, la estructura se hizo herida, y la herida reventó en enero de 1932, cuando miles de campesinos e indígenas —convocados por Agustín Farabundo Martí y el recién nacido Partido Comunista, alzados con machetes desde Izalco— exigieron de vuelta sus tierras.

El general Maximiliano Hernández Martínez, que había tomado el poder por golpe pocas semanas antes y admiraba sin disimulo a los hombres fuertes de la Europa de entonces, respondió con una matanza que la historia pone entre diez mil y treinta mil muertos. La Matanza. Un genocidio del que se habla poco, dicho de ese modo llano y repetido con el que las verdades se vuelven soportables.

Lo que murió en 1932 no fue solo gente. Fue una identidad.

Hablar náhuatl o vestir el traje indígena se volvió, de un día para otro, una forma de firmar la propia sentencia. Los que quedaron aprendieron a esconderse dentro de sí mismos. Roque Dalton, el poeta que este país no ha terminado de leer, lo dejó escrito en un verso que aquí todos conocen: “Todos nacimos medio muertos en 1932”. No es una metáfora. Es un acta de defunción colectiva y un certificado de nacimiento al mismo tiempo. El salvadoreño de hoy —ese mestizo intermedio que el imaginario nacional celebra como rasgo propio— no es un hecho de la naturaleza: es el sedimento de un exterminio y de expulsiones que rara vez se nombran.

En algún punto del camino el guía soltó una broma sobre por qué la selección de fútbol se ve como se ve, se rió, se avergonzó de reírse, y se corrigió solo. Pero la broma, torpe como era, tocaba el hueso: la homogeneidad de un pueblo puede ser también la cicatriz de todos los que ya no están.

El pueblo que ya no espera el permiso de nadie

Suchitoto es un pueblo colonial a unos cincuenta kilómetros de San Salvador con su plaza llena de momentos que son más anécdotas constantes que otros. Platicando con alguien, en medio de una plaza en la que parece simplemente pasar el tiempo, me decía que los ancianos en las bancas y los niños conviviendo con los mimos callejeros es una normalidad que podemos ver como ordinaria, pero que es, en realidad, la recuperación de una paz perdida.

Mi guía —lo llamaré así, aunque el oficio se le queda corto— entendió mi silencio antes que yo. Es un hombre que ama su tierra del modo en que se aman las cosas que estuvieron a punto de perderse: sin ingenuidad, con memoria. Habla en párrafos largos, con una comprensión de la verdad que se está reconstruyendo. Para él —como para muchos salvadoreños—, Oscar Romero es simplemente “Monseñor”, sin apellido, con esa devoción que no necesita explicarse. “Hace poco más de tres años”, me dijo señalando la plaza, “acá a estas horas no había nadie. Nadie. El parque era de ellos.” Ellos: las pandillas. La palabra la pronunció sin el eco del miedo que he detectado en otros espacios, como en México, por ejemplo.

Hay un libro que conviene tener a mano para entender lo que esa frase carga.

En 1982, Joan Didion pasó unas pocas semanas en este país y escribió Salvador, un texto breve y helado sobre un lugar donde el miedo no era una emoción sino el aire que se respiraba: cadáveres en los basureros, la certeza de que cualquiera podía desaparecer sin que nadie preguntara. Ese El Salvador y el de las pandillas de la década pasada no son el mismo, pero comparten la gramática: la del ciudadano que aprende a vivir agachado, la del espacio público entregado a quien mata.

Y aquí conviene decir algo sin adornos, porque el pudor a veces miente. Que hoy un niño juegue en esa plaza a las ocho de la noche no es poco. Para millones de salvadoreños es, sencillamente, todo. Quien nunca ha vivido bajo esa clase de terror —yo, que puedo escribir esto desde la comodidad de no haberlo padecido a ese extremo— no tiene derecho a despachar con ligereza el alivio ajeno. Recuperar la calle es recordar lo que es ser libre, y no hay teoría que pese más que el cuerpo de una madre que por fin deja salir a su hijo. Ese es el punto de partida honesto de cualquier conversación sobre El Salvador. Lo demás viene después. Pero viene.

Retomando el color como discurso.

El añil terminó de explicarme el país entero. Irma Guadrón lleva veintitrés años rescatando el teñido en su taller. Sus telas han colgado en ciudades lejanas y aparecido en revistas, pero lo que de verdad la ata al oficio no es la vitrina, sino un papel: un testamento de 1922, otorgado por doña Petrona Abrego de Paz en favor de dos nietos, uno de ellos su propio abuelo materno. En ese documento Irma descubrió que su familia había estado ligada al azul mucho antes de que la guerra civil cortara el hilo. No rescató una tradición ajena. Rescató la suya.

El añil fue el “oro azul” de esta tierra.. Luego el café lo desplazó, después los tintes sintéticos europeos lo mataron, y la guerra terminó de enterrarlo. Volvió por la terquedad de unas cuantas manos.

La planta —el jiquilite— se prensa con madera y piedra. Se remoja dieciséis a veintidós horas y se oxigena batiendo con paletas de madera, y ahí ocurre la magia: la espuma verde, en contacto con el aire, se vuelve azul ante tus ojos. Se filtra durante días y se calienta sin dejar que hierva para secarse al sol los días que el cielo permita. El compuesto se llama indigotina. Irma jura que el de aquí es más profundo que el de la India, y lo atribuye a que la planta bebe un suelo volcánico, mineral, violento y generoso a la vez.

Y el azul habla idiomas. Es el mismo que los japoneses atan y pliegan en su shibori, de modo que un lienzo teñido en Suchitoto y uno de Kioto se reconocen como primos que no se habían visto nunca, como diría Joseph Campbell, a quien citamos varias veces en las pláticas entre colegas de este viaje.

Del espacio de nadie al espacio de todos.

Recuperar el espacio público es, en el fondo, recordar lo que es ser libre. Una plaza es la forma más antigua que tiene un pueblo de decirse a sí mismo que existe. Y un pueblo que se aferra —a sus tradiciones, a sus muertos, a su oficio— puede sobrevivir a casi cualquier cosa; El Salvador lleva un siglo probándolo.

Pero sobrevivir no es todavía vivir, y falta mucho camino. Una plaza custodiada por un ejército es más segura que una plaza dominada por las pandillas; no lo dudo, y no lo minimizo. Solo que no es aún una plaza libre. La libertad es la plaza que no necesita a nadie cuidándola. Llegar de una a la otra —de la seguridad prestada a la libertad propia— dependerá de una sola cosa, la más difícil de todas: saber dónde y cuándo devolverle el poder a las instituciones, antes de que la excepción se vuelva costumbre y la costumbre, destino.

Cuando me despedí, Irma tenía las manos azules hasta las muñecas. El tinte tarda días en irse; a veces no se va del todo. Pensé que así debería quedarse la memoria de este país: teñida, marcada, imposible de lavar. Los hombres que firman las excepciones pasan. El azul, si unas manos se empeñan, se queda. Y mi guía, que había escuchado todo en silencio, remató como remata siempre, dándome compañía en vez de conclusión:

“Por eso traemos gente acá, ¿verdad? Para que la plaza vuelva a ser de todos. Un pueblo que enseña lo suyo es un pueblo que ya no tiene miedo.”

Ojalá tenga razón. Ojalá el azul dure más que el miedo.

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